El bullying no es un juego (comentario de Elías Rafful para Notimex/México)

Elias Rafful visita Secundaria Técnica de Campeche mayo 2014
De Juanito, que apenas tiene 9 años, todos se burlan en la escuela porque tiene un ojo de vidrio, cuenta Elías Rafful en sus reflexiones sobre lo que acaba de escuchar en una secundaria de Campeche.

Elias Rafful Vadillo*

Las imágenes son muy crudas: niños y jóvenes golpeándose, unos no hacen nada, otros los graban y los presumen en las redes como si fuera un juego. Lo que más nos tiene horrorizados sobre el bullying es que nuestros hijos sean víctimas o victimarios y sentir que no podemos hacer nada. Los casos emergen cual epidemia llamándonos a la acción.

Hace unos días tuve la oportunidad de reunirme con chavos de secundaria, algunos niños de primaria y sus mamás en un salón de clases de una escuela en la ciudad de Campeche, que es una de las ciudades más seguras y tranquilas del país por lo que se refiere a delitos de alto impacto. Sin embargo, las historias que escuché reflejan una cotidianidad trastocada por la violencia.

Empecé tratando de generar confianza para derribar ese conocido silencio que entre risas oculta verdades terribles. Después de un rato, la primera en abrirse fue doña Francisca, quien jugueteaba con Jaime, su hijo de 13 años. A primera vista dan la apariencia de llevarse muy bien, a pesar de que ella se queja de que Jaime es muy latoso y flojo. “Tarda media hora en ponerse cada calcetín y luego me truena los dedos para decirme que me apure porque se nos hace tarde.”

Jaime no se esfuerza en negarlo. Entre risas dice que le lleva una hora recoger su cuarto porque entre una y otra cosa, aprovecha para ver la televisión.

Todo es risa en el salón de clases hasta que doña Francisca confiesa que cuando Jaime la desespera, le dan ganas de “darle un trancazo”. Cuando le pido que no lo haga, los rostros de ambos cambian para revelar que ya lo ha hecho más de una vez.

Sebastián aprovecha entonces para reconocer que la terapia que ha tenido desde hace pocos meses con un psicólogo le ha ayudado a controlar su agresividad y rebeldía. Tiene 15 años. Su padre los abandonó cuando tenía 7. Vive con su mamá y sus dos hermanos menores. Es claro que guarda un gran resentimiento hacia su padre. Cuando asegura que “no le nace” verlo, su madre, tres sillas adelante, pasa su mano por el rostro para contener las lágrimas.

Como para que yo ya no pregunte más, Sebastián dice que quien en verdad necesitaba el apoyo era Gloria, su amiga que lo acompaña. Tras mi insistencia, Gloria se levanta para decir en un tono muy bajo que ya está bien. Para estos momentos, en el salón de clases ya no hay risas; las ha sustituido un silencio propagado por la identificación natural ante las historias que motivan una solidaridad grupal.

–        “Sentía que nadie me entendía, que nadie me quería. Me sentía vacía…”

En seguida el llanto y los abrazos de sus amigos. “Nosotros te queremos, Gloria”.

Y es que apenas hace ocho meses, Gloria intentó suicidarse con la soga de una hamaca después de que su madre los abandonó y su padre se refugió en el alcohol. A sus 15 años, Gloria tuvo que hacerse cargo de su propio destino y del de su hermanito de 5. Ante la falta de cariño y la desesperanza, pensó en suicidarse. Cuando ya tenía puesta la soga en el cuello, vio cómo su hermanito se golpeaba contra la pared desesperado, mientras su padre yacía alcoholizado en el suelo. Fue así como bajó del banquito al que se había subido para ayudar a su hermanito y le llamó a Sebastián para pedirle ayuda.

Como esa historia hay muchas en cada joven, en cada niño, en cada madre…

Cynthia de segundo de secundaria agradece que su mamá ya tenga pareja porque él la ha convencido de que no les pegue a sus hijos. “Ahora sólo se la pasa enojada”. En una esquina, Lorena esconde tras su pelo largo sus ojos y la tristeza que le ha dejado la reciente muerte de su padre. Ahora es una joven callada, introvertida, penosa. De Juanito, que apenas tiene 9 años, se burlan todos en la escuela porque tiene un ojo de vidrio.

Si algo los identifica es que sus vidas no han sido nada fáciles. Abandonos, golpes, gritos, alcoholismo, desempleo, pero al final, lo peor, la falta de comunicación. Una falta de comunicación que ha marcado a estos niños y jóvenes que tienen en la escuela el único espacio para sacar su angustia, su soledad, su deseo de ser tomados en cuenta.

Detrás del bullying están nuestras vidas cotidianas escondidas en la intimidad de nuestros hogares. Lo que sucede en la casa, se queda en la casa. Sólo que ahí, los niños y los jóvenes no pasan de ser los menores de edad, aquéllos que no ocupan un papel más que el de receptáculos de la violencia reproducida por generaciones. Violencia física, verbal, sexual, conductual… da lo mismo.

La escuela, en cambio, es el lugar en donde dejan de ser menores para convertirse en individuos. En ese, su mundo, las relaciones de poder se manifiestan como si fueran adultos. Tanto como en la isla de El Señor de las Moscas de William Golding, hoy nos aterra la crueldad que vemos en las redes sociales y en los medios. Ralph, Piggy, Jack y Roger no son más, personajes de una novela. Lo que nos espanta es que son niños. ¿Cómo, si la violencia era exclusiva de nosotros los adultos? Ellos debían mantenerse en una burbuja, como aquélla que protegía a John Travolta en esa película de los años 70.

Al final de mi reunión regreso con Gloria y le pregunto qué le gustaría que cambiara. Sin dudarlo me contesta:

– “Quiero tener confianza en mi papá; quiero tener confianza en los adultos. Poder hablar con ellos y que me escuchen, que me entiendan. Quiero sentirme comprendida.”

*El autor, Elías Rafful, es Titular del Centro Nacional de Prevención del Delito y Participación Ciudadana.

Twitter: @erafful

Blog: eliasrafful.com

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