Nació sin brazos ni piernas, pero trabaja de radiotécnico y mantiene a sus padres (La Jornada/México)

Por  Elio Henríquez, publicado en La Jornada

Santos Hernández Hernández, indigena tzotzil nacido en Cuchulumtic hace 38 años, tiene el oficio de radiotécnico. Conan 10-28 es su identidad en el espacio radial. Más que el dinero que gano, trabajar ha servido para darme cuenta que puedo ser útil y mi estancia en la tierra no fue en vano, dice

Hay jóvenes que se suicidan y otros que roban cuando tienen brazos y piernas para trabajar; yo no nací bien, pero me pongo a trabajar, comenta Santos Hernández Hernández, quien nació sin piernas ni brazos un 2 de noviembre.

El indígena tzotzil de 38 años se repuso a la adversidad. A los 18 años se convirtió en radiotécnico y es conocido en varios poblados de la región. Además, con una computadora que le costó 6 mil pesos, graba música ranchera en discos y casetes que le piden clientes de Chamula u otras localidades.

Petrona Hernández Heredia recuerda que cuando vio que su hijo nació sin brazos y piernas dudó si lo tiraba a la basura o no, pero su esposo, Manuel Hernández Lampoy, le aconsejó dejarlo vivir porque a lo mejor después él nos va a mantener. Y tuvo razón.

A diferencia de aquel día en que la partera le mostró el pedacito de nene, ahora la mujer ríe un poco, hasta divertida, al ilustrar con su dedo índice cómo era Santos cuando vino al mundo:

Mediante un traductor, la mujer, que no habla español, agrega: “Dije ‘pobrecito, ¿por qué tiene tan pequeñitos sus manos y sus pies? ¿Será que va a crecer, o va a morir?’ Pero creció y empezó a tener chulel (conciencia). No le eché la culpa a nadie, pues así vino a la tierra”.

Santos –Santux en tzotzil– aceptó platicar con La Jornada en su casa ubicada en el paraje Cuchulumtic de San Juan Chamula, donde vive con sus padres y hermanos. Recuerda que los primeros años de su vida fueron muy duros, sobre todo cuando tuvo conciencia de que era diferente a los demás niños.

Vivaracho y sonriente, rememora que comenzó a darse cuenta de su situación cuando nació su hermano menor Domingo porque ya sólo a él lo sacaban sus padres y a mí me abandonaban en la casa como bulto. Como ya pesaba, no me cargaban.

En su lengua materna, añade: Lloraba y mi corazón estaba muy triste al darme cuenta que no tenía brazos ni piernas y me empecé a cuestionar por qué nací, por qué vine a la tierra. Me puse triste, me salieron muchos piojos, no quería nada de la vida, quería morir.

En esas reflexiones estaba todavía, relata, cuando su tío Juan Hernández Heredia, ya fallecido, le recomendó que como no podía trabajar ni caminar, buscara a Dios y se volviera evangélico como él.

En ese entonces era todavía fuerte la persecución de los católicos tradicionalistas contra quienes se convertían en protestantes en San Juan Chamula, lo que había provocado el asesinato de varios y la expulsión de miles de pobladores que tuvieron que formar nuevos asentamientos en San Cristóbal de las Casas y Teopisca.

De todos modos, aunque su madre se enojó, Santos aceptó ir al templo y allí cambió mi vida, mi mentalidad porque me acepté como soy, acepté que hay un Dios y que debía luchar por la vida. Estoy feliz y contento de vivir, muy contento y hasta donde Dios quiera seguiré así.

Es autodidacta

Santos, quien no fue a la escuela pero aprendió el sentido de las letras por su cuenta, evoca esa época –tenía entre 18 y 19 años– como un antes y un después en su vida, pues fue entonces cuando decidió aprender, por sí solo, el oficio de radiotécnico.

Hizo experimentos con dos viejas grabadoras Panasonic y Sanyo. Apoyando el destornillador en el pecho y dándole vuelta con los muñones de los brazos, la desarmó varias veces y la arregló hasta que aprendió. A partir de ahí comenzaron a llegar clientes. Más que el dinero que ganaba, le sirvió para darse cuenta de que podría ser útil y su estancia en la tierra no era en vano.

Aprendí a trabajar, dice, al tiempo que con mucha habilidad toma el ratón de la computadora y pone un disco de música ranchera. ¡Mero chingón!. Ja, ja, ja, ríe a carcajadas en su modesto taller de tablas y techo de lámina, que también le sirve de dormitorio.

De lunes a sábado se levanta a las 5 de la madrugada y a las 6 parte a San Cristóbal de las Casas –a 10 minutos de su casa– para pedir limosna en una acera del centro. A las 15 horas regresa a su hogar con entre 200 y 300 pesos, con los que –aunado a lo que gana como radiotécnico– sostiene a sus padres.

Asegura que necesita que alguien le dé apoyo para construir su casa de concreto y comprar herramientas para su taller. Me faltan muchas cosas todavía, concluye.

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