NIÑO, INDíGENA, DISCAPACITADO: INFIERNO EN LA HUASTECA: Priscila Hernández Flores (Sin embargo/México)

Por Priscila Hernández Flores, publicado en Sin embargo

Las niñas y niños indígenas y con discapacidad en la Huasteca potosina son una muestra dolorosa de cómo el Estado ha olvidado todos y cada uno de sus compromisos firmados a nivel nacional e internacional, y en los que México presume la atención a la niñez como una prioridad. Durante décadas, los gobiernos del PRI, del PAN y ahora de nuevo del PRI, no han hecho nada por, primero, abatir la pobreza y mejorar el nivel de vida, educación y salud de la población en general y, segundo, por darle a las comunidades indígenas su importancia real y oportunidades de desarrollo. En ese entorno de abandono, pobreza y doble discriminación –por su condición de indígenas y por su discapacidad–, los menores son los más vulnerables. Excluidos de toda posibilidad de una vida digna, este día son el símbolo del fracaso de los gobiernos local y federal, y de que, como sociedad, se debe exigir se cumpla con sus derechos. Hacerlos visibles y lograr avances en su desarrollo es una deuda permanente con estos miles de infantes, algo que los políticos seguramente reconocerán hoy con discursos elocuentes, pero que no se concretan en hechos.

Diez metros hay desde el camino hasta la puerta de la casa de la señora Teodora. Piedra por piedra, zurco por zurco, se forma una escalera improvisada rodeada de malvas, jazmines, bugambilias, enredaderas y hojas con distintas tonalidades de verdes que recuerdan que ahí es el edén llamado la “Huasteca potosina”. En la puerta de su casa está recargada una silla de ruedas oxidada. Adentro duerme Juan, “Juancito” como le llama su mamá; él tiene parálisis cerebral, lo que le impide hablar.

Lo levanta de la cama. Toma su rebozo verde de más de dos metros. Ella, indígena náhuatl de 61 años, lo jala con fuerza. Él sin decir una palabra sabe cómo acomodarse. Se abraza a ella. Teodora extiende su rebozo, lo estira lo suficiente para cubrirlo y llevarlo en sus espaldas, hace un nudo apretado, tanto que  Juan queda seguro y no resbala. Él ya está dentro del rebozo como si fuera un bebé. Juan pesa 21 kilos, el mismo número de su edad. Doña Teodora carga al más chico de sus hijos. Ahora viven en una casa que construyó su hija, pero antes los dos dormían en el suelo, bajo una lona sostenida por un palo que formaba su hogar.

Afuera de su casa en la comunidad Texquitote II, en el municipio de Matlapa, está una lámina plateada con la leyenda: “Piso Firme. Programa Federal. Vivir Mejor”, creado en 2000 por el ex Presidente Vicente Fox Quesada. En un día le cambiaron su piso de tierra por  concreto. Cumplieron con la estadística, la tierra quedó atrás, pero no hicieron lo esencial: arreglar la entrada de la casa de Juan. Él sin poder caminar, para bajar y subir depende de la espalda de su mamá. Empinada, en subida, la entrada es el primer obstáculo.

Hace apenas un año duermen en un colchón que les regalaron. Ahora Juan tiene una silla de ruedas que, después de cargarlo, su mamá usa para llevarlo al Centro de Atención Múltiple (CAM) Frida Kahlo, situado en el municipio de Matlapa en la Huasteca Potosina. Cada vez que Teodora sale y lo lleva al centro lo echa a su espalda, y lo carga con su rebozo como desde hace dos décadas. La silla de ruedas sólo la usa en lugares accesibles. En la sierra la única opción es llevarlo en sus espaldas. Ella, aun con el peso y los caminos empinados, decidió salir de su casa y llevar a Juan a recibir educación, caminar por más de media hora y  esperar el transporte para llegar a su destino.

Ese día Juan hace los ejercicios que sus maestras le pidieron a su mamá practicara desde casa, para que no lo cargue todo el tiempo en su espalda, especialmente por la edad de doña Teodora. La maestra Deyanira de la Cruz Rodríguez, del CAM Frida Kahlo en Matlapa, asegura que la de Teodora es una situación que “se repite porque son madres de edad avanzada y muchas tienen problemas en la columna”. Afirma que los niños y niñas indígenas con discapacidad están excluidos, porque uno de los principales problemas es el trasladado de su comunidad a la escuela.

“Yo batallo mucho, mucho para levantarlo, para cambiarlo, para bañarlo, no puedo más”, dice doña Teodora que, aunque no puede más, lo sigue haciendo para llevarlo al menos algunos días a la escuela. Sin transporte, a su edad y sin caminos accesibles, Juan se queda en casa haciendo los ejercicios y sólo va algunos días de la semana al Centro de Atención Múltiple. Ese día en su casa hace los ejercicios con los espejos. Teodora le pregunta mientras le pone el espejo enfrente: “Juancito, ¿quién es?” Él sigue la mirada de su reflejo, se reconoce  y sonríe.

La falta de acceso y los caminos intransitables sumados a la pobreza extrema son las principales causas que los niños y niñas de la región Huasteca Sur de San Luis Potosí se queden en casa, que pasen los años y sigan sin tener acceso a la educación o su derecho a la salud.

* * *

De la región de Texquitote II donde viven Juan y su mamá, la ruta sigue hasta Ahuehueyo, también en el mismo municipio de Matlapa, donde vive Marcela de 28 años junto a su mamá. “Sí, sí”, dice Marcela al preguntarle: ¿Quieres regresar a la escuela? Desde hace cinco meses no asiste. Antes iba también al Centro de Atención Múltiple, a ella como a Juan su mamá, doña Marcela, la carga en la espalda, en su caso sin rebozo porque Marce con sus brazos se agarra bien a la espalda de su mamá. Pero desde que doña Marcela comenzó a quedarse ciega y a caerse en el camino, ya no lleva a  su hija con discapacidad a la escuela.

Marce, que mide un poco más de un metro de altura, habla poco pero lo suficiente para demostrar que extraña ir a la escuela. Sin que su mamá la pueda bajar de la comunidad cargando y luego esperar un camión, desde su casa elabora collares que sus maestros le dieron para hacer. En su casa no tiene gas, agua potable ni luz. Sus ingresos como el de otras madres llegan por medio de programas sociales o de lavar ropa ajena, limpiar casas o del comercio.

Como Marce y Juan, más niños, niñas y jóvenes con discapacidad son cargados por sus madres en el rebozo.

Francisco, de ocho años, ex otro ejemplo. Eufracia, su mamá, lo lleva a la escuela en su rebozo azul con el que lo carga a falta de silla de ruedas. Al inicio de la administración de César Torres, actual Alcalde del Municipio de Matlapa, le dieron una silla de ruedas, pero a los pocos días se la quitaron porque, según le dijeron, “le entregarían mejor una carriola”. La carriola nunca llegó y jamás le regresaron la silla de ruedas que le entregaron en un evento público, con fotógrafos que retrataron el momento en el que político se la daba.

En Axtla, Xilitla, Coxcatlán, Tamanzunchale, Matlapa, municipios de la Huasteca con alta población indígena en condición de pobreza, se repiten estas historias con otros nombres, con otros rostros, pero iguales: niños que no acuden a las escuelas o van sólo uno o dos días por la dificultad para trasladarlos. Entre los caminos inaccesibles y el poco dinero para pagar el pasaje (con un costo de entre 12 a 25 pesos por boleto), la pobreza  los excluye del acceso a sus derechos consagrados en la Convención de los Derechos del Niño y la Niña, así como la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

FALTA DE DIAGNÓSTICO

Juan no ha tenido un diagnóstico claro, como la mayoría de los niños y niñas con discapacidad. Tampoco ha tenido terapia y rehabilitación integral. La maestra Deyanira de la Cruz Rodríguez cuenta como en las entrevistas que hacen a los padres de familia detectan que se les niega su derecho a la información porque  “no tienen una claridad en el diagnóstico de sus hijos”.

Sumado a esto hay niños con discapacidad que están en escuelas regulares, cuando deberían acudir al Centro de Atención Múltiple, y viceversa: jóvenes con discapacidad que podrían estar incluidos en escuelas regulares realizan sólo actividades de dibujo o manualidades.

Ahí están las historias de Valentina, de 23 años, y Nancy, de 18 años. Las dos jóvenes sordas no conocen la lengua de señas y están en un CAM. O el caso de dos hermanos, originarios de la comunidad de Chalco de Matlapa, que cursaron la primaria y quienes pasaron de grado sin saber leer y escribir, y sólo para cumplir una cuota.

La directora del CAM “Ignacio Trigueros” de Tamazunchale, Guadalupe Hernández, imparte clases de  educación especial a  niños con discapacidad desde hace 20 años, cuando se fundó ese centro. “Los niños sí han estado siempre, han existido siempre pero no asistían a las escuelas”, aunque asegura que, pese a que hay niños aislados en sus casas, nota un avance en la asistencia de la niñez con discapacidad.

NIÑOS ENCERRADOS

Los que son cargados en rebozos al menos asisten a la rehabilitación o a las clases de los centros de atención múltiple, donde también reciben instrucción y capacitación laboral. Pero en la Huasteca hay niños y niñas con discapacidad que siguen en sus comunidades, que nunca han recibido atención, que jamás acudieron a la escuela y que ahí encerrados pasan los años hasta convertirse en adultos.

La maestra Guadalupe Hernández, del CAM del municipio de Tamazunchale, reconoce con decepción que en las familias “normalmente a los niños y niñas que tienen discapacidad se les deja al final para una atención educativa”, además de inciden los problemas de transporte y el costo que implica la asistencia. Ahora, por ejemplo, en ese CAM tienen un registro de 15 alumnos identificados que asistían, pero dejaron de hacerlo por problemas económicos.

–¿Conocen a niños y niñas en comunidades que nunca han venido a la escuela o a la rehabilitación?

Brotan las respuestas en segundos. Padres y madres del CAM de Tamazunchale enlistan las comunidades de Tezontla, Chapulhuacanito, Tetlama, Texquitote II, y luego describen: “Ahí hay un niño sordo”, “allá está un niño con su mano chueca”, “una niña con síndrome de Down”.

Suman más de 20 niños con discapacidad que están en sus casas, muchos de ellos ya son adultos que nunca bajaron de sus comunidades. La directora de otro centro de Atención Múltiple, en el municipio de Coxcatlán, Gloria Gisela Luna, recuerda el caso de un niño con síndrome de Down en la comunidad de Amaxac que sigue en su casa “amarrado”, que no lo llevan a la escuela porque sus papás creen ‘que es una persona  que no sirve para nada, que nunca iba aprender nada’.

* * *

En ese edén que el inglés Edward James eligió para edificar su castillo surrealista –uno de los atractivos turísticos más conocidos de la Huasteca Potosina–, que nació de sus sueños e imaginación entre plantas, mariposas azules y cascadas de agua fresca, está el Centro de Atención Múltiple Rosaura Zapata que dirige la profesora Kristal Figueroa Hernández. Esos mismos caminos verdes y veredas que emocionaron al poeta no tienen transporte accesible y dificultan que padres de familia acerquen a sus hijos e hijas con discapacidad a los servicios que ahí se prestan.

En Xilitla vive Rosalina, quien lleva a su hijo Sebastián de 10 años, con discapacidad motora e intelectual, a su escuela y a las terapias. Lo carga aun cuando ella no tiene su brazo izquierdo. Madre e hijo tienen discapacidad y juntos hacen un camino de una hora para después tomar un camión. Ella lo lleva a la escuela porque desea  que su hijo “aprenda, que pueda sentarse, que pueda caminar o que al crecer se pueda cuidar solo”. Rosalina confía que Sebastián, como ella, ignore los comentarios discriminatorios que los señalan por ser personas con discapacidad.

“Hay comunidades muy lejanas donde la gente desconoce el tipo de atención, la discapacidad que tiene su hijo o todavía lo siguen viendo como algo que está mal”, explica la maestra de educación especial; todo esto, dice, origina que niños y niñas no vayan a la escuela. En su centro hay 10 niños y niñas que no asisten por falta de recursos para el transporte, y los problemas para bajar de su comunidad. A esto se le suma que la mayoría de las veces son niños y niñas están al cuidado de las abuelas, porque sus hijas migran de San Luis Potosí para irse de trabajadoras domésticas a ciudades como Monterrey.

Sin acceso al transporte, insiste la maestra Deyanira, quien conoce los caminos que llevan a las casas de alumnos con discapacidad, “se vulneran otros derechos, como el de la salud, la educación y la recreación”. Como esos casos de niños y niñas con discapacidad que nunca han ido a una escuela, está el de José, un chico ciego que tiene 16 años de edad, habla poco pero responde a los juegos de sus hermanos más pequeños. En total son siete en su familia. La pobreza extrema de su entorno es tal que la organización Visión Mundial les apoyó para construir una casa; también ha provocado que su mamá lleve al resto de sus hermanos a la escuela y él se quede solo en su hogar. Las maestras del CAM de Matlapa insisten a su madre, una y otra vez, que lo lleve, pero la dificultad del traslado y la situación económica de su familia hacen que José permanezca encerrado, que jamás haya aprendido braille ni se haya relacionado con otros niños con discapacidad.

ALTERNATIVA EN EL CAMINO

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